En la búsqueda constante de nuevas estrategias para combatir el cáncer, un equipo de científicos japoneses ha logrado un avance significativo, redefiniendo el papel de las bacterias en la medicina. Han desarrollado una metodología experimental llamada AUN, que se basa en la acción conjunta de dos tipos de bacterias para aniquilar formaciones tumorales. Este enfoque representa una posible desviación de los tratamientos convencionales como la quimioterapia, la radioterapia o la inmunoterapia, abriendo un nuevo camino en el campo de la oncología y ofreciendo una renovada esperanza a los pacientes.
La concepción de emplear microorganismos para el tratamiento del cáncer no es una idea reciente. Ya en el siglo XIX, figuras médicas como Wilhelm Busch de Alemania y William Coley de Estados Unidos notaron mejoras en pacientes oncológicos que habían padecido infecciones bacterianas severas. Coley llegó a experimentar con la inyección de bacterias inactivadas, conocidas como “toxinas de Coley”, con el fin de estimular las defensas del cuerpo contra el cáncer. Sin embargo, estas iniciativas no prosperaron en su momento y permanecieron como un dato histórico durante muchas décadas.
Con el resurgimiento y la evolución de la inmunoterapia moderna, la noción de utilizar bacterias volvió a cobrar importancia, aunque limitada por la dependencia de la respuesta del sistema inmunitario del paciente. Es en este contexto donde la terapia AUN emerge como una solución novedosa. El nombre AUN, derivado de una expresión japonesa que simboliza la armonía de los opuestos, describe la sinergia de dos bacterias: una ataca directamente el tumor, mientras que la otra modera su actividad para prevenir cualquier daño al organismo. El mecanismo principal de la bacteria agresiva es la interrupción del suministro sanguíneo a los tumores, dejando a las células malignas sin alimento vital.
Una de las características más destacadas de la terapia AUN, demostrada en estudios preclínicos con modelos animales, es su eficacia incluso en situaciones donde el sistema inmunititario del paciente está comprometido o hay una baja infiltración de células inmunes en el tumor. Esto significa que la terapia no requiere la asistencia del sistema inmune para erradicar el cáncer, lo que la hace particularmente prometedora para pacientes inmunodeprimidos. Además, esta terapia exhibe una alta especificidad, concentrando su acción en el tejido tumoral y reduciendo su presencia en otros órganos. Como resultado, los ensayos iniciales han mostrado una incidencia reducida de efectos adversos.
Este tratamiento evita los riesgos asociados con la 'tormenta de citoquinas', una respuesta inflamatoria excesiva que puede ser letal y que se observa en algunas inmunoterapias y en enfermedades como la COVID-19. La posibilidad de convertir bacterias en herramientas de precisión para la oncología está en sus etapas preliminares, con los científicos anticipando el inicio de ensayos clínicos en humanos en los próximos años.
A pesar de la percepción general negativa que asocia las bacterias con enfermedades, nuestro cuerpo alberga una vasta cantidad de microorganismos beneficiosos, como la microbiota intestinal, esencial para nuestra supervivencia y directamente implicada en el funcionamiento del sistema inmune. Recientemente, investigadores del Centro Nacional del Cáncer de Japón identificaron una nueva cepa intestinal, la YB328, que parece potenciar la efectividad de ciertos tratamientos de inmunoterapia al mejorar la respuesta inmunitaria contra el cáncer. En este caso, la bacterioterapia no reemplaza al sistema inmunitario, sino que lo refuerza y optimiza su función.
Existen diversas investigaciones en curso explorando el potencial terapéutico de otras bacterias modificadas. Por ejemplo, se está examinando el uso de Clostridium sporogenes, una bacteria común en el suelo, para activar fármacos anticancerígenos específicamente en el sitio del tumor, minimizando así los efectos secundarios. También se está investigando una variante de salmonella para el tratamiento del cáncer renal, que muestra la capacidad de colonizar tumores, aunque con resultados aún moderados. Estos avances sugieren que el futuro de la medicina oncológica podría estar cada vez más ligado al mundo microbiano.